AQUÍ MURCIA, RADIO JUVENTUD-V


 

MI TOCADISCOS PHILIPS AG 4.100

   Saura, mi padre, no atraviesa precisamente en estos días sus mejores momentos por razones de salud, y es por ello que quiero dedicarle este nuevo artículo de la sección que he denominado genéricamente Aquí Murcia, Radio Juventud, y hacer con el un pequeño homenaje a quien desde pequeño me hizo ver y comprender que no cualquier tiempo pasado fue mejor ni peor que el presente ni el futuro, que casi todo estaba inventado desde antes, y que en demasiadas ocasiones, las cosas de antes fueron mejores que las actuales. Quiero compartir con todos ustedes el que sin duda fue el momento más emocionante de mi infancia:

   Corría el invierno de 1966 y comenzaba en televisión la campaña publicitaria de Navidad. Entre los anuncios destacaba el del tocadiscos Philips AG 4.100, un portátil a pilas “que le permitirá escuchar sus discos favoritos allá donde quiera que se encuentre”. En el anuncio aparecía un señor con un bañador a rayas, dándose un baño en una playa concurrida, con el tocadiscos en la cabeza y el altavoz de la tapa en la mano.¡Y todo ello por 1990 pesetas!. Contaba yo entonces con 10 años, y ya andaba loco por la radio y por la música, y claro está, ya conocía el secreto de los Reyes Magos y conocedor como era de la situación económica familiar, no incluí en mi carta a sus majestades. –muy a pesar mío- el tocadiscos en cuestión.

   El día 8 de enero, de vuelta al colegio tras las vacaciones, mi querido profesor de Geografía, D. Pedro Olivares Galvañ, cumpliendo con su costumbre, mientras pasaba lista a los cuarenta y cinco alumnos de primero A de bachiller, nos preguntaba cómo se habían portado los Reyes con nosotros. Yo casi me echo a llorar al comprobar que un 90% de mis compañeros encontró junto a sus zapatos al despertar de la noche mágica un tocadiscos Philips, mientras que en mi caso nada de eso ocurrió, pero aguanté el tipo.  Incluso a mi amigo, compañero y vecino de barrio Paco Ramírez le habían dejado uno, y encima, para colmo, su padre era representante de las Petaco (las máquinas del millón y las sinfonolas vamos) y no vean la cantidad de singles que le traía cada vez que renovaban la selección musical de las máquinas de discos.

   Pase muchas tardes en casa de Paco, escuchando discos y contemplando la magia del vinilo dando sus cuarenta y cinco vueltas cada sesenta segundos... menos cuando las pilas comenzaban a flaquear y aquello lloraba que daba gusto, y había que esperar a tener pelas para cambiar las seis R20 de Tudor o de Cegasa.

 

   Pasó el tiempo y llegó el 16 de Mayo de 1967, día de mi cumpleaños. Al llegar a la panadería de mi madre, Consu, no estaban ni ella ni Saura: habían ido a cobrar una factura de un cliente del taller de mi padre a Orihuela y volverían ya de noche. Les acompañó Dª Juanita, la madre de Trini, Nani y Andres, mis vecinos de arriba (que Dios tenga en su gloria). Eran ya más de las ocho, porque había anochecido y acababa de llegar del repartidor con “el pan de Rodríguez”, un pan moreno cocido por la tarde que servía para que los vecinos del barrio tuvieran pan caliente a la hora de cenar. La tienda estaba llena y llegaron Consu, Saura y Dª Juanita, quien me felicitó entregándome un regalo, un paquete envuelto en papel marrón, cuyo contenido, por las dimensiones, adiviné sin abrir: ¡eran discos!. Yo, bajando la mirada y con tristeza no disimulada contesté “pero si no tengo tocadiscos”. Entonces Saura, sacó un paquete envuelto en el mismo tipo de    papel marrón, del tamaño mas o menos de una caja de zapatos, y me dijo sonriendo y con esa guasa que solo él sabe darle a las ocasiones como esa “¡tooooma tocadiscos!”. Yo me emocioné de tal manera, que ahora mismo, cuarenta años después, no puedo evitar que me salten las lágrimas al relatarlo. ¡Era el AG 4.100!. Cuatro discos: De Shandie Shaw, con Marionetas en la cuerda, uno de Los Pekenikes con Robín Hood y Felices veinte, otro de Raphael con el tema eurovisión del año, Hablemos del Amor, y uno de La Tuna, que le gustaba a Consu. Lo demás ya lo pueden imaginar. Llevé el tocadiscos a la mesa de piedra de la trastienda, lo abrí, puse el adaptador para singles y el disco de Shandie Shaw. Estaba tan emocionado que ponía la aguja en el segundo corte en lugar del primero, y claro, sonaba “A los chicos les dirás” en lugar de las consabidas marionetas: ¡era la primera vez que ponía un disco!.

      El tocadiscos nos acompaño en el viaje a Mazarrón de aquél año (solo podíamos ir un día a la playa), y estuvo funcionado sin parar todas las tardes cuando volvía del cole. La discoteca no se incrementaba más que en las grandes ocasiones, cumpleaños, onomásticas y Reyes, a razón de uno o dos discos cada vez: uno de mis padrinos Antonio y Carmen, y otro de  mis padres,  discos que aún conservo y que dejan sentir el paso de los años y de mis manos. Ante tan escasa selección musical, yo optaba por escuchar cada disco a 33, 45 y 78 revoluciones por minuto, y así me hacía la ilusión de que los temas eran distintos e incluso me resultaba útil para escribir las letras de las canciones. Con el hice mis primeros pinitos como locutor, bajando y subiendo el volumen mientras hablaba, eso si, sin que nadie me escuchase.  Cuando las pilas comenzaba a agotarse, descubrí que poniendo un cartoncito en el cambio de velocidad, se lograba incrementar la velocidad del motor y así se alargaba la vida útil de las pilas. Pasaron años hasta que en su diminuto giradiscos pude colocar un LP: no había canon digital, pero ¡costaban una pasta!.

   Acabo de sacar mi AG 4100 de su letargo, he buscado aquellos primeros discos, lo he conectado y he vuelto a emocionarme al escucharlo, como aquel primer día.

   

Salvador Saura López

valvuladesalida@yahoo.es

 

 

 

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